Venezuela como advertencia: cuando el hartazgo abre la puerta al autoritarismo
- Ivannia Zeledon Alvarez
- 3 ene
- 2 Min. de lectura
Por Ivannia Zeledón Álvarez

En 1998, con el mayor nivel de abstencionismo registrado hasta ese momento, Hugo Chávez llegó al poder en Venezuela prometiendo una refundación del Estado. Habló de reformar la Constitución, de expulsar opositores, de confrontar a la prensa y de instaurar lo que llamó una “dictadura del pueblo”.
El discurso sonaba, para muchos, como una ruptura necesaria frente a una clase política desacreditada por la corrupción y el desgaste. Para otros, era una señal temprana de alarma.
El descontento social fue el combustible perfecto. La promesa de barrer con “los de siempre” cegó a una parte importante de la ciudadanía, que cayó en la trampa del populismo, el culto a la personalidad y el fanatismo. Lo que parecía un cambio terminó siendo el inicio de un proceso autoritario que, paso a paso, desmontó los contrapesos democráticos: primero el poder judicial, luego el órgano electoral, después la libertad de prensa y, finalmente, la libertad de expresión. Todo ocurrió de manera gradual, mientras una parte de la sociedad aplaudía y desde fuera muchos observaban con ingenua expectativa.
Veintiocho años después —casi tres décadas y dos dictadores en sucesión— la dictadura venezolana llega a su fin en medio de una intervención militar extranjera, con muertos, destrucción y la captura del segundo hombre fuerte del régimen. Si el segundo, porque aún queda en tierra venezolana Diosdado Cabello. El costo humano y político es inmenso. Y la pregunta incómoda se impone: ¿valió la pena llegar hasta aquí?
La historia reciente muestra que las intervenciones militares de Estados Unidos rara vez dejan países más estables o soberanos. El riesgo ahora es que Venezuela pase de una dictadura local a una tutela externa, convertida en un tablero geopolítico y económico donde el petróleo pesa más que la autodeterminación. El remedio, como tantas veces en América Latina, ¿amenaza con ser peor que la enfermedad?.
Este escenario plantea una reflexión urgente para otros países de la región, incluida Costa Rica.
¿Cuánto puede durar en pie una deriva autoritaria en un país sin petróleo ni un interés estratégico evidente para las grandes potencias?
¿Cuántos años, cuántos muertos, cuántos exiliados y caravanas migrantes costaría desmontarla?
¿Cuánto tiempo puede degradarse un Estado antes de que sea demasiado tarde?
Venezuela funciona hoy como un espejo incómodo.
Las similitudes retóricas —el desprecio por los controles institucionales, la confrontación constante con la prensa, la narrativa del “enemigo interno”, la promesa de concentrar poder en nombre del pueblo ¿deberían encender alarmas?
La lección es clara: las democracias no colapsan de un día para otro. Se erosionan cuando la ciudadanía, cansada y frustrada, decide delegar todo el poder a líderes que prometen soluciones simples a problemas complejos. La democracia es un trabajo permanente, imperfecto y exigente. No se defiende sola.
Aún hay tiempo —siempre lo hay, hasta que deja de haberlo— para optar por la participación informada, el fortalecimiento institucional y el compromiso ciudadano. La alternativa, como demuestra la experiencia venezolana, es larga, dolorosa y costosa. Y casi nunca termina bien.












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